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Historia del Papado

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1 Historia del Papado el Sáb Ago 17, 2013 1:16 am

Sáastah

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Voz sinónima a Pontificado Romano, que nos indica la institución permanente, erigida por Jesucristo en la persona de Pedro y, mediante él, en la de sus legítimos sucesores, con el fin de presidir y de gobernar con plena y suprema autoridad la Iglesia.
Se deriva el nombre de «papa», obispo de Roma y cabeza visible de la Iglesia. En Occidente, vemos por primera vez el título de «papa» aplicado al Romano Pontífice en la inscripción del diácono Severo (296-304), encontrada en la catacumba de S. Calixto, donde se lee: «iussu p(a) p(ae) su¡ Marcellini». Se deriva de la palabra griega papas, pappas (padre), empleándose en un principio indistintamente para indicar a obispos y aun a meros sacerdotes, como todavía se usa hacer en algunas partes de Oriente. Sin embargo, ya a finales del s. Iv, se fue tomando como título específico y singular del obispo de Roma. Aunque algunas veces se continúa aplicando el vocablo a otros obispos hasta el s. VII, el papa Gregorio VII (1073-85) lo restringe definitivamente al sucesor de S. Pedro y Pontífice Romano, a tenor de la proposición 11 de sus famosos Dictatus Papae (1075), en donde se dice: «quod hoc unicum est nomen in mundo». El Papado en el Nuevo Testamento. La historia del Papado va unida siempre a la historia de la Iglesia. Nace con ella y con ella seguirá desarrollándose hasta el fin de los tiempos. Cuando Cristo prepara su nueva comunidad, esa futura Iglesia, escoge a un grupo de doce, que ocuparán un puesto aparte entre sus seguidores, reciben el nombre de apóstoles, enviados. A los doce les otorga el poder sacerdotal, para que continúen sus funciones de sumo sacerdote en la nueva comunidad. Y de entre los doce, Jesús escoge a Pedro para que sea el fundamento, la roca, sobre la que ha de levantar su nueva construcción, como lo vemos expresado, primero cuando promete a Pedro el primado y luego cuando más tarde se lo confirma. Pedro en griego, significa piedra. Jesús hace hincapié en su significado, dando a entender con ello la misión especial a que destinaba a Pedro: la de ser piedra, base o fundamento de algo permanente e inconmovible.
Por tierras de Cesarea de Filipos, el Maestro le renueva aquella promesa «Y El les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús, respondiendo, dijo: Bienaventurado tú, Simón Bar lona, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos». De nuevo le vuelve a significar el sentido de Pedro, que es piedra, base de la nueva edificación, su Iglesia. A Pedro así mismo le hace llavero del reino de los cielos. Atar y desatar equivalen a prohibir y permitir, con lo que indica que todo lo deja en sus manos en señal suprema de potestad. Las puertas, o sea, todo el poder del infierno o de las fuerzas del mal no podrán nunca contra esa roca, cimiento y base de la nueva fundación.
Más tarde Jesús distingue de nuevo al apóstol, rogando especialmente por él: «para que no desfallezca tu fe», le dice, pues Satanás busca ocasión para perderos y de esta manera apacienta. En la filología de los pueblos antiguos significa regir o gobernar. Se trata, pues, de la colación de una primacía delegada sobre todos los fieles, corderos y ovejas, de esa Iglesia a la que ÉI mismo llama otras veces rebaño. De todo ello se deduce, pues, que a Pedro se le confiere un verdadero primado de jurisdicción, de sacerdocio y de magisterio, base en adelante del Papado, como lo ratificaría después el Concilio Vaticano «Si alguno dijere que S. Pedro no fue constituido por Cristo Nuestro Señor en príncipe de todos los apóstoles y cabeza visible de la Iglesia militante, o que del mismo Jesucristo Nuestro Señor no recibió directa e inmediatamente el Primado de propia y. verdadera jurisdicción, sino únicamente el de honor. La Iglesia de los primeros tiempos reconoce desde un principio a Pedro la prerrogativa de primado; le sigue llamando Cefas y siempre le concede el primer lugar una vez que Cristo ha subido a los cielos y a la vez, lo mismo que a Pedro, se lo va reconociendo a sus sucesores en el episcopado de Roma.  Se ha querido a veces dudar del Papado , tanto el hecho de que San Pedro viviera y muriera en Roma, como el de que los obispos que le fueron sucediendo en la sede hubieran heredado de él la máxima prerrogativa dentro de la Iglesia. Aun admitiendo que el haber estado en Roma no ofrece hoy tanta importancia teológica para admitir el primado, es un hecho histórico comprobado que S. Pedro estuvo allí y en ella sufrió el martirio y fue enterrado. Eruditos como Harnack, Weizácker, Lightfoot, De Rossi, Vieillard, Lietzmann,  así lo han entendido y demostrado. Sus conclusiones se basan tanto en el testimonio de la historia como en los argumentos que ofrece la misma arqueología cristiana.
Según las últimas excavaciones realizadas desde 1940 a 1949 en la basílica de S. Pedro de Roma, se da por seguro la existencia en su subsuelo del sepulcro del apóstol. La aparición del trofeo citado por Cayo, las señales evidentes de culto y los grafitos en este mismo sentido encontrados bajo la basílica de S. Sebastián, donde estuvieron por algún tiempo sus reliquias, evidencian sobradamente la continuidad de una creencia extendida a través de los dos primeros siglos. La primera sede episcopal en Roma fue conferida a Pedro. Sobre esta sede descansa la unidad de todos»  Cuando se discute la cuestión acerca del bautismo administrado por los herejes, se deja la última palabra a los papas Cornelio y Esteban I.
En toda la literatura patrística de este tiempo encontramos claras afirmaciones del primado: Ignacio de Antioquía habla en su carta citada de «la iglesia de Roma, que ha enseñado a otros», pues está «puesta al frente de la caridad» (paz o comunión). S. Ireneo anota la «preeminencia» especial de Roma, con la que han de convenir las demás iglesias, dado que «fue fundada y edificada por los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo». Por esta razón, sigue diciendo, los que quieran la verdad han de buscarla en Roma y con ella rebatir a los fundadores de las sectas gnósticas. En el siglo siguiente San Cipriano llama a la iglesia romana «la silla de Pedro y la iglesia principal, de donde procede la unidad de los obispos». En otros lugares habla de ella como de «la tierra madre y raíz de las iglesias», «el lugar de Pedro», etc. También hace una clara referencia cuando escribe: «El que abandona la cátedra de Pedro sobre la que está fundada la Iglesia, ¿cree aún estar dentro de la Iglesia?... Ciertamente los otros eran también lo que era Pedro, pero el primado se le ha dado a Pedro y así se muestra y demuestra una sola Iglesia y una evolución posterior del Papado. Con la paz que da a la Iglesia Constantino en el año 313, el Papado va cobrando más importancia, donde se condena la herejía de Arrio. Los papas San  Julio y Liberio luchan contra arrianos y semiarrianos, condenan los sínodos de Sirmio,Arlés, Milán, Rímini-Seleucia,etc, que defendían más o menos esas doctrinas, y hacen que se acepte la ortodoxia católica. A finales del siglo IV el emperador Teodosio declaraba a la religión cristiana como religión oficial del Estado, anotando que «era su voluntad que todos los pueblos sometidos a su cetro abrazasen la fe que la Iglesia romana había recibido de S. Pedro y que enseñaban entonces el papa Dámaso y Pedro de Alejandría» Con ello el obispo de Roma llega a su máximo prestigio, convirtiéndose en adelante en árbitro indiscutible de la cristiandad. Sus legados presiden los concilios siguientes de Éfeso y Calcedonia. El historiador eclesiástico Sozomeno habla de un canon antiguo, en que se declara inválido cuanto pudiera hacerse sin su consentimiento. Así, el papa San Dámaso condena en sus Anatematismos de 380 a sabelianos, arrianos y apolinaristas, y San Inocencio ratifica los decretos dados por los concilios africanos contra Pelagio , quien negaba la necesidad de la gracia para la salvación. Cuando San Agustín, en el año 417, recibe la respuesta explícita del papa sobre aquellas cuestiones, dirige un sermón al pueblo en que deja caer aquellas célebres palabras: «Roma ha hablado, la causa ha terminado. ¡Ojalá que termine también el error!» Al siguiente año S. Zósimo da a conocer su Epistola tractoria, en la que condena de nuevo a los pelagianos. En Éfeso, un poco más tarde, el presbítero Felipe, legado del papa, proclama ante toda la asamblea la primacía del obispo de Roma, como verdad reconocida a lo largo de los siglos, puesto que «Pedro vive en él y le ha dado sus poderes». Y en Calcedonia, en fin, es leída públicamente la célebre Carta dogmática de San León Magno, en la que se expone la doctrina católica acerca de las dos naturalezas en Cristo y su unión personal. Al terminar su lectura, todos los padres reunidos, puestos en pie, prorrumpieron en unánime exclamación: «Ésta es la fe de los apóstoles. Así lo creemos todos. Pedro ha hablado por boca de León»
Es verdad que a veces, en las luchas religiosas de Oriente, llegó a ponerse en litigio el primado romano y aún hubo bastantes que se declararon en rebeldía, por ejemplo: con las cuestiones del Henotikón, los Tres Capítulos, los Iconoclastas, etc. Con todo, también muchos de ellos venían a la postre a buscar la paz con Roma, aceptando su supremo magisterio. En 519, para poner fin al cisma de Acacio, suscribían tanto el patriarca de Constantinopla como el emperador y unos 2.500 obispos la Fórmula del papa Hormisdas en la que declaraban: «Deseamos seguir en todas las cosas la comunión de la Sede Apostólica, construida sobre la total -e íntegra roca de la cristiandad, sobre la que la religión ha sido mantenida inmaculada e intacta>> La misma idea la fueron expresando los padres en los Concilios ecuménicos y los demás Papas y Padres de la Iglesia, como lo hacía ya San Dámaso, según consta en la primera parte del llamado Decreto Gelasiano: «La Iglesia católica, extendida por toda la tierra, es la única cámara nupcial de Cristo; pero la iglesia de Roma ejerce jurisdicción sobre todas las demás, y esto no por decisiones de concilios, sino por la palabra de nuestro Señor y Salvador en el Evangelio, pues a ella le concedió la primacía cuando dijo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» San Gregorio Nacianceno llama a la sede de Roma «cátedra preeminente sobre todas»; Teodoreto de Ciro la denomina «primera cátedra de toda la tierra conocida» y San Ambrosio lo resume todo en estas palabras: «Donde está Pedro, allí está la Iglesia». Esta fórmula toma luego un carácter jurídico, que más tarde sintetiza el papa Gelasio. «Lo que la Santa Sede Apostólica afirma en un sínodo-escribe- esto adquiere valor jurídico; lo que ella ha rechazado, no tiene fuerza de ley». O aquella otra fase del mismo: «El Papa no pertenece a ningún tribunal y nadie puede ser juez de sus fallos», que luego entrará en el Derecho canónico con la conocida sentencia de «prima sedes a nemine iudicatur»
El Papado en la Edad Media. Hemos de reconocer que el Papado en los primeros siglos, si bien fue reconocido en la Iglesia, no llegó a tener la importancia social que iría adquiriendo en adelante. Más bien se limitaba a intervenir en los asuntos internos de la misma Iglesia, como ejemplo, la cuestión de la Pascua, del Bautismo de herejes, cánones penitenciales, herejías, etc., y de modo ordinario a regir la diócesis de Roma. Con el tiempo, la efectividad del primado se fue extendiendo cada vez más, adquiriendo honores de preferencias de rango y luego, ya desde el siglo VIII, fue apareciendo con el esplendor de la soberanía. Una vez que los Papas llegaron a ser príncipes territoriales y a rodearse del aparato intrincado de los negocios administrativos y temporales. El Papado llega a tener un gran prestigio en la sociedad, prestigio que se fue extendiendo hasta muy entrada ya la Edad Moderna.
Durante el siglo V la sociedad se empieza a regir con una nueva fórmula: la del binomio Imperio y Pontificado, Estado e Iglesia. Oriente sirve a veces de prueba a esta nueva concepción de las dos potestades lo que hace que, si no de una manera definitiva, se vaya separando de Roma afectiva y psicológicamente. Se van sucediendo los cismas particulares, como el ya citado de Acacio que dura 34 años. Sin embargo, todavía en 842 se celebra allí con esplendor inusitado la fiesta de la Ortodoxia, aunque el camino de la separación quede, por desgracia, abierto. Mientras tanto Roma, que ha venido dependiendo hasta ahora políticamente de Bizancio, tiende poco a poco a independizarse. De otro lado, va ampliando sus posesiones con lo que se llega a la creación del Patrimonio de San Pedro. Bajo San Gregorio Magno (590-604) éste se consolida, a la vez que va aumentando el prestigio de los Papas entre los pueblos bárbaros recién convertidos a la Iglesia. El Papado busca apoyo entre los occidentales, concretamente en el pueblo franco. Gregorio II instaura el Ducado Romano y sus sucesores, Zacarías, Esteban III y León III, estrechan más las relaciones con aquel pueblo, lo que lleva a la restauración del nuevo Imperio occidental al ser consagrado emperador Carlomagno por este último Papa en la noche de Navidad del año 800. Desde entonces el Imperio se proclama defensor de la Iglesia y el Papado, por su parte, ejercerá una influencia preponderante en los asuntos mismos del Imperio. Se extiende con ello la teoría de las dos espadas: la espiritual y la temporal, basada en el concepto de Cristiandad a que se acoge toda la sociedad de entonces, de la que es cabeza el Papa. El emperador, jefe de lo temporal, queda sometido al pontífice que lo corona y consagra, señalando a veces cuál sea el más idóneo para el Imperio. El emperador interviene a su vez en la elección de los Papas, recogiendo el derecho que antes tenía el pueblo romano, hasta que éste le sea negado cuando Nicolás II en 1059 decida que sean sólo los cardenales los que tengan el voto decisivo en la elección. A pesar de todo, todavía seguirán presionando en este asunto los poderes temporales -derecho de veto- hasta principios, del Siglo XX.
La Donación de Constantino, documento falsificado en estos siglos, ayudará bastante a consolidar esta posición papal. Se crean y se extienden los Estados Pontificios que sólo desaparecerán a mediados del Siglo XIX cuando los italianos entren en Roma en 1870.  A esta primera época de esplendor sigue en el Papado otra de decadencia, conocida con el nombre de Edad de Hierro del Papado (Siglo IX-X). En ella se fragua la ruptura definitiva de Oriente, debida a los manejos del ambicioso patriarca Focio consumándose más tarde. Esta ruptura, a pesar de los conatos posteriores de unión se hará luego definitiva, debida más que a razones dogmáticas a otras de tipo psicológico y temperamental.

El Papado, que parece aminorarse con estos hechos, conoce pronto una nueva época de prestigio. Los partidismos de las familias romanas y las intervenciones de los nuevos emperadores alemanes habían dejado tras sí una época de miseria y de corrupción en no pocos pontificados. Se inicia la reforma de Cluny, a la vez que surgen Papas de prestigio espiritual y reformador como Esteban IX, Nicolás II, Alejandro II y, más que todos, San Gregorio VII (1073-85). Las bases de la hegemonía posterior del Papado: unidad litúrgica, organización de la Curia, actuación de los legados pontificios, triunfo moral sobre el Imperio a consecuencia de la llamada lucha de las Investiduras. La investidura, que procedía del sistema feudal, era una ceremonia por la que el señor o príncipe confería a los obispos y abades vasallos suyos los símbolos, no sólo de la autoridad temporal, sino incluso de la espiritual, con la prestación de parte del interesado del juramento de fidelidad. Con ello se fue extendiendo la idea de que el príncipe temporal concedía por derecho propio aquella autoridad que correspondía al Papa. Gregorio VII se rebela contra todo ello, así como contra los abusos que llevaba consigo: la simonía y la nada recomendable condición de los clérigos. Si en lo externo parece que vence el emperador, en definitiva fue un triunfo de la Iglesia, rubricado por el Concordato de Worms (1122) y por la renuncia que las demás naciones van haciendo de tales derechos. Con los Papas siguientes, Víctor III, Urbano II, Pascual II, Calixto II, etc., el Papado cobra de nuevo altura hasta llegar a su plena hegemonía con el pontificado de Inocencio III (1198-1216). Ayudan además a ello el movimiento de las Cruzadas, el florecimiento de la Escolástica, las nuevas Universidades, la fundación de las órdenes religiosas, la lucha a nivel europeo llevado a cabo por los Papas contra las recientes herejías, el mismo centralismo romano, etc. Con todo, la nueva época que se presiente a mediados ya del Siglo XIII, hace que ideas modernistas y desintegradoras vayan poniendo en crisis aquellos antiguos valores. El concepto de Cristiandad se rompe, surgen los nacionalismos y los individualismos, la filosofía se opone a la teología y las mismas corrientes espirituales vienen cargadas de crítica contra la Iglesia y contra el Papado, al que presentan como demasiado temporal e interesado. Bonifacio VIII viene a ser el símbolo entre una época que se desgasta y otra nueva que comienza. En su bula Unam Sanctam (1303) se habla de las dos potestades, espiritual y material, de su mutua independencia y de la teoría del poder indirecto que la Iglesia tiene respecto del Estado por razones de tipo espiritual, doctrina corroborada más tarde por León XIII en su encíclica Immortale Dei (1885).

Con los Papas de Aviñón, de Clemente V a Gregorio XI (1309-76), el Papado conoce un cierto declive debido no sólo a la estancia de los mismos en esta ciudad francesa, sino también a otra serie de males que fueron perturbando a la Iglesia. El centralismo papal en beneficios y reservas se fue haciendo cada vez más abusivo y una acentuada fiscalización, fuente de injusticias, de simonías y nepotismos, llega a provocar en el clero y en el pueblo un grave descontento. Un grito de reforma in capite et in membris se levanta por doquier, lo que se agrava con el deplorable Cisma de Occidente, durante el cual, si no se llega a dudar del Papado, se viene a poner en duda la realidad práctica del mismo en una persona determinada. Si al fin se soluciona el conflicto en el Concilio de Constanza con la elección del nuevo papa Martín V, queda sembrada, por otra parte, una mala hierba que luego sería difícil de extirpar: la del conciliarismo   y la del galicanismo religioso.
Con los Papas renacentistas, de Nicolás V a León X el mal de la Iglesia se recrudece debido, en parte, al tono paganizante de la época. Cuando la misma reforma llega a ser un problema, se buscan medios de solución: movimientos de piedad, reformas particulares, misiones populares, etc., pero tan sólo el movimiento revolucionario que ha de provocar la predicación de Lutero, hace que tanto la Iglesia como el Papado se den cuenta en verdad del peligro y traten de buscar el medio más eficaz de solución.
El Papado en la época moderna. A través del concilio de Trento (1545-63; v.), en el que se reafirman el dogma y la disciplina eclesiásticas, y con los movimientos espirituales del Siglo XVI, el Papado alcanza de nuevo una capital importancia, sobre todo en el ámbito interno de la Iglesia. Es verdad que se vive en medio de luchas religiosas y que el dominio absolutista de los príncipes católicos busca poner trabas a la acción de los pontífices, pero, con todo, la acción reformadora tanto de San Pío V  como de sus sucesores llega a todos los ámbitos de la catolicidad.
Con la paz de Westfalia (1648), sin embargo, la hegemonía del Papado empieza a declinar en Europa, al iniciarse la supremacía del poder civil y al aflorar una estructura laica, que da lugar posteriormente a una época de irreligión y de ateísmo. El mismo Papado de nuevo se ve aquejado por el nepotismo y la Iglesia sufre en medio de otras herejías, como el jansenismo y el galicanismo francés. Llega luego el Despotismo Ilustrado y el movimiento racionalista de la Ilustración sembrándose por doquier el descrédito del Papado, el cual, por otra parte, se ve preocupado de manera especial por las necesidades internas de la Iglesia: dignidad del clero, piedad popular, seminarios, etc. La Revolución francesa lleva consigo la proclamación de los Derechos del hombre pretendiendo invadir con ello los derechos de la Iglesia, como en lo relativo a educación, matrimonios y clero. Se dan medidas antieclesiásticas y, como si se volviera a los tiempos del absolutismo regio, se pretende restringir la libertad de la Iglesia para reducirla a una provincia más dentro del organismo del Estado. El papa Pío VI  sufre persecución y destierro y lo mismo le pasa a su sucesor, Pío VII bajo la dictadura de Napoleón. Con éste se llega al fin a firmar un Concordato (1801), que servirá de modelo para los que en adelante se habrían de firmar con otras naciones.
Durante el Siglo XIX el Papado nos va ofreciendo unas nuevas características en consonancia con los nuevos tiempos que se presentan. La monarquía tradicional, el feudalismo que todavía levantaba cabeza, la misma organización eclesiástica han quedado en parte destruidas y una revolución sigue a otra en la primera mitad del siglo.
Hay un lado positivo, sin embargo, en todo ello. Las ideas deístas e «ilustradas» del Siglo XVIII van asimismo decayendo, mostrándose un movimiento nuevo, el Romanticismo, que en parte ayuda al despertar de una conciencia más espiritual y realista, más católica y romana. El Papado queda libre de la intromisión de los Gobiernos que todavía se dicen católicos, y la misma idea de libertad, aplicada a la propia conciencia y a la manifestación de los sentimientos religiosos, hace que surja una nueva faceta espiritual, más apegada a la Iglesia y a los Papas. Ante los peligros de las ideas liberales, del socialismo y del comunismo internacional, los católicos se unen más a sus pastores, se intensifican las obras de piedad y de apostolado, el trabajo con los obreros, la acción católica entre los seglares, las nuevas fundaciones religiosas, obras de caridad, etc. La Iglesia conoce un nuevo esplendor a raíz, sobre todo, del Concilio Vaticano. En vanguardia va la labor de los Papas modernos, despojados de sus Estados temporales en 1870, y que se convierten en auténticos representantes espirituales de toda la humanidad. Con Pío VII, León XII y Pío VIII se tiende a reformar la disciplina eclesiástica, consolidar el prestigio de la Iglesia en las diversas naciones, aumentar la fe y la piedad de los pueblos y buscar la mayor eficacia y dignidad de los clérigos. Gregorio XVI a la vez que va condenando los errores modernos, promueve la labor misional, apoya a las iglesias perseguidas en Alemania, Rusia, España y Francia y dedica sus desvelos a extender la caridad a todos los pueblos. Pío IX en medio de las amarguras que le producen los exaltados de uno y otro partido y la injusta intromisión de los italianos en Roma, da al Papado un sello de dignidad y de espiritualidad incomparables: definición del dogma de la Inmaculada Concepción,quien se hace acreedor del aplauso unánime de los pueblos. Puede decirse que con León XIII el Papado alcanza, no ya sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero, el papel preponderante con que luego ha de llegar a nuestros días.
El Papado en el siglo XX. Inicia el periodo el papa San Pío X (1903-14) quien, a poco de ser elegido, desliga definitivamente a la Iglesia de todo influjo de los poderes temporales. En 1904 da a conocer la constitución Commissum Nobis. Pronto sigue la obra de su antecesor en lo que se refiere a la obra de recristianización de los pueblos. Condena las ideas modernistas , promueve la recta formación del clero, los estudios bíblicos y eclesiásticos, la música sagrada, el conocimiento del catecismo, etc. De otro lado, reorganiza la Curia romana e inicia la reforma del Derecho Canónico. Poco antes de morir había estallado la primera conflagración mundial, que tantos esfuerzos había de motivar en su sucesor, Benedicto XV, llamado luego «el papa de la paz». En estos momentos difíciles extiende su mano a todos, beligerantes de una y otra parte y de diversa raza y religión. En el Vaticano se crea una «Oficina en favor de los prisioneros de guerra». Las naciones acuden al Papa y ello produce un movimiento de unión con Roma de parte de cismáticos y protestantes. En 1917 promulgaba el nuevo Código de Derecho Canónico.
Con los pontificados siguientes, el prestigio internacional del Papado va creciendo cada vez más. Se celebran numerosos concordatos, se soluciona la cuestión italiana (Tratado de Letrán, 1929) y se condena tanto el comunismo internacional como el nacionalsocialismo en su exagerada visión racial y estatolátrica. En el ámbito interno de la Iglesia adornan su pontificado una serie de encíclicas de vital importancia: Casti connubii sobre el matrimonio cristiano, sobre la cuestión social, Ad catholici sacerdotü y Divini illus Magistri acerca del sacerdocio, Deus Scienciarum Dominus, sobre los estudios eclesiásticos, etc.
Al estallido de la II Guerra mundial, el Papado con Pío XII acude de nuevo al servicio de la humanidad con obras de generosa ayuda y en servicio de la paz. Roma se convierte en lugar de peregrinaciones mundiales. Se multiplican los discursos y alocuciones del Papa, que llegan a todos los pueblos de la tierra, y sus documentos de magisterio se ocupan de los más diversos problemas modernos.
La reforma moderna y la nueva vida de la Iglesia se ha manifestado, sobre todo, en los recientes pontificados de Juan XXIII y de Paulo VI, a raíz, sobre todo, del Concilio Vaticano II (1962-65) Se ha buscado y se sigue buscando una auténtica renovación espiritual, el salvar a la Iglesia y al mundo del peligro del comunismo y del materialismo; el valorar los principios humanos y dignificar a los hombres en todos sus aspectos para hacerlos más aptos a la vida de Dios. Paulo VI acude a todas partes, la India, Palestina, la ONU, Fátima, Bogotá; recibe a Jefes de Estado y a diplomáticos de todas las creencias en un supremo afán de paz y de caridad cristianas. Con él el Papado sigue mostrando a la gente del signo de Dios, que vela por su Iglesia y por la humanidad, en una sucesión ininterrumpida, realización clara de aquellas palabras que un día Cristo confiara a San Pedro.
Cónclave
Los Cardenales se han de reunir en Cónclave para proceder a la elección del nuevo Romano Pontífice. El artículo 37 establece que comenzará 15 días después de la vacante de la Sede Apostólica, aunque el Colegio de Cardenales puede establecer otra fecha, que no puede retrasarse más de 20 días desde la vacante.
El espíritu de la legislación en vigor establece que el Cónclave haya de considerarse no un mero lugar de reunión de los Cardenales con derecho a voto, sino más bien un ámbito de retiro sagrado en el que los Cardenales electores invocan al Espíritu Santo para proceder a la elección del Romano Pontífice.
El artículo 33 indica que "el derecho de elegir al Romano Pontífice corresponde únicamente a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana.
La legislación canónica no impone requisitos para ser elegido Papa: por lo tanto, se deben considerar requisitos los propios del derecho divino para ser Obispo, es decir, ser varón con pleno uso de razón. En la práctica, sin embargo, desde hace muchos siglos el elegido ha sido siempre Cardenal.
Una vez elegido, el Cardenal Decano pregunta al elegido si acepta su elección canónica como Sumo Pontífice. Si el elegido que es Obispo acepta, desde ese momento adquiere de hecho la plena y suprema potestad sobre la Iglesia universal. Una vez que ha aceptado, le pregunta el nombre por el que quiere ser llamado. Si el elegido no es Obispo, se procede inmediatamente a su ordenación episcopal.

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